miércoles, 11 de noviembre de 2015

Jemanjá

-“Ese día fue el principio del fin” y en ese absurdo afán de darle comienzo y fin a las cosas, puedo decir que ese dos de febrero fue el primero de los días míos.

Me soltaron a la deriva, una noche de viento húmedo. Me soltaron o me solté, de las manos infantiles que me sostenían, que estaban allí, sin saber porqué ni cómo, participando del rito. Había gente que miraba, absorta como el evento transcurría. Otros, vistieron túnicas y collares, portaron velas, cantaron y vivieron la fiesta. Yo por mi parte, no comprendía si encontraría realmente a la Orishá o sería bocado de un cardumen de mojarritas. Una vez en el mar, intenté incontables veces aferrarme, volver a la orilla, pero apenas se veían las luces de la Ramírez, y los niños saludaban a mi embarcación de nuez y la tímida velita que me acompañaba. Así que ahí estaba, sola, contra un viento bajito y violento que perforaba la filigrana de mi piel, erosionaba mis tripas hasta casi hacerlas desaparecer. Mis músculos ya eran solo jirones enganchados a los huesos fríos. El mar es un lugar serenamente oscuro para las almas con pena. Intenté beberlo, pero el mar no solo es grande, es repugnante.

En algún punto, el viento paró. Quizás yo misma dejé de suspirar, evitando así que mi soplido tomara carrera, diera la vuelta al mundo y con ese impulso me golpee las vértebras, como lo había echo hasta ese día.

En algún punto, el mar se calmó. Pude asomarme, y hasta pararme en el borde, sin miedo a que la nuez se vuelque y el mar me trague.

Exactamente siete meses después, sólo siete meses, o luego de siete tempestuosos meses, llegué a la orilla. Llegué, no para tirarme en la arena de una playa vacía a disfrutar del golpe del sol. Llegué también a adentrarme en la selva espesa, llena de ojos que miran desde bajo la podredumbre del suelo y desde las copas alborotadas. Acá también llueve y soplan vientos, pero esta isla es mía, y no voy a parar hasta conocer la ubicación de cada palmera y cada flor, hasta ponerle nombre a cada pájaro que canta y a cada hiena y cada lombriz. Voy a caminar descalza, mirar como el vierto peina la arena y como el agua se lleva la osamenta de peces y caracoles. Voy a levantar paredes y derrumbarlas, voy a hacer caminos nuevos. Voy a hacer que esta isla mía sea hermosa y quizá entonces pueda recibir a otras almas y compartir con ellas el banquete de esta gran fiesta.

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