Se escucha como una alarma de madrugada potenciada por el eco de mi cabeza hueca, vacía de cualquier otro mueble, mesa o sillón. No me deja dormir ni pensar. Se repiten como una bocina muy aguda frases que quizás nunca sean dichas mediante la vibración de moléculas de aire, pero tienen infinidad de medios de transporte.
De pronto soy deudora de un préstamo que no pedí. Lo acepté como un regalo porque... no lo pedí, debería ser motivo suficiente. De pronto soy víctima de una suerte de trata emocional, en la que todo lo que recibo debe ser pagado con intereses. La deuda aumenta de forma exponencial y se rige por una lógica financiera no matemática que no entiendo. La bocina con su eco me repite lo que debo en forma, tamaño, color, textura, forma, tamaño, color, textura, forma, tamaño, color, textura... nada coincide con lo que hay en mi billetera. Quiero pagar pero literalmente mi plata no vale. No entiendo, valía cuando me la dieron y ahora son papeles de colores y monedas de chocolate. Algunas veces aceptan un papelito, pero para entonces mi deuda asciende a una cifra que no escribe ninguna calculadora. La frustración me hace llorar y apretar los puños, los papeles se mojan y el chocolate se derrite. No hay manera de pagar mi deuda. ¿Aceptarán mi pago un día en papeles y chocolate o tendré que escapar?