sábado, 29 de agosto de 2015

bolsa de huesos

Con la mochila pesada y todo el día encima, decidí tomar otro camino, viejo conocido. La escalinata estaba muy limpia, y ya no había almas retratadas en cada triedro como en los veranos de guitarra y viento.
Recordé la última vez que recuerdo haber cruzado esta calle en esta esquina. Tenía el alma apretada, pero me reía y hablaba para que no lo note nadie, ni siquiera yo. Hace muchos meses de eso, meses de más reír, y más hablar de nada y de todo.
En la otra esquina estuve hace días, a solo 100 m. Con menos hablar y menos reír, con más cuerpo y menos mente. Con más alma. Con el alma revuelta y desobediente. Con el alma libre del velcro que la adhiere al pensamiento.
Como uno no se deja ser uno y se convence tantas veces de ser otra cosa. Y se convence de que ser esa otra cosa es ser uno y es ser feliz.
Por ahora sigo en duplicado, viviéndome doble, casi mintiéndome, mientras salgo de esta piel, pero me complace y me satisface verme ahí dentro de una cáscara ridícula, pero útil mientras soy una y otra