martes, 17 de noviembre de 2015

birds



Almorzábamos con ese compañero de oficina que hablaba poco y no se relacionaba demasiado con los demás. Todo habrá comenzado, supongo, uno de esos días en que uno no encuentra mesa en el comedor y se acerca ala primera cara conocida que localiza. Las charlas transcurrían entre temáticas superficiales y risas, todos con sus ideas, mas o menos elaboradas y volvíamos a nuestros puestos. Simplemente transcurría el descanso.
Sin previo aviso un día, se le ocurre que es buena idea invitarme a tomar una cerveza, y me llama.

Es el cumpleaños de una amiga. No conozco prácticamente a sus otros amigos, pero de todos modos mantenemos conversaciones superficiales y reímos, vaya uno a saber si por efecto de nuestro ingenioso humor o el grado de alcohol en sangre. Del otro lado de la ronda había un chico. La única persona que al día siguiente me incluyó en sus redes sociales. Charlamos, buena persona. Charlamos hasta que me pareció que no teníamos muchas temáticas en común y no acepté la tarde de mates. Nunca mas lo ví.

Nos reunimos con un par de amigos a brindar por la relación que tenemos, la amistad surgida como una flor en una piedra. Saludamos a un grupo de conocidos, de lejos, sacudiendo la mano.
Al día siguiente encuentro un mensaje trasnochado de uno de esos rostros, cuyo nombre nunca supe. Solo un “hola” por compromiso nos vinculó la noche anterior.

El comedor se llena a ciertas horas, así que ella decidió que podríamos sentarnos con el muchacho ese que estaba solo y claramente no iba a hacer uso de toda la superficie de la mesa. Trabajando en la misma empresa era raro, pero no imposible, que tuviéramos compañeros de trabajo en común y alguna que otra coincidencia. Siempre es bueno conocer gente nueva, es interesante que estudiemos lo mismo y él trabaje donde a mi me gustaría.
La mañana siguiente tenía un correo de este muchacho y luego de un par de líneas solicitaba mi presencia en un bar y mi número telefónico.
-“Para ser linda, sos muy simpática” determinamos, casi culpándome por responder a las interlocuciones de lo que yo defino como “seres humanos”.

Escuché incontables veces que “Fulanita es una histérica” porque después de mucha charla se negó a una salida de dos , o “Menganita es tremenda mala onda” porque no tiene interés en sostener una charla con él. Hoy me pregunto si no hay que reaccionar así ante cualquier palabra que me dirija un Ser Humano del sexo opuesto. Me pregunto y me respondo: NO. Estoy demasiado convencida de que no estoy haciendo las cosas mal, esta vez no. Porque si mi pecado es hablar con las personas de cualquier cosa, reírme si dicen algo gracioso y saludar aunque no conozca, voy directo al infierno. Pero si lo pecaminoso es hablar con hombres de cualquier cosa, reírme si un hombre dice algo gracioso o saludar a un hombre aunque no lo conozca, creo que se pueden ir todos freír espárragos al fin del arco iris a lomo de tortuga.
No faltarán mentes sesgadas que lean esto y lo interpreten como un acto de soberbia. Probablemente de hombres que solo le hablen a una mujer con fines de apareamiento o de mujeres que se sienten putas al reírse los chistes de un varón.
Yo por mi parte escribo desde la indignación que me invade cada vez que se cruza esa línea, sin un mínimo de sensibilidad o percepción. Cada vez que alguien lee mi conversación bajo un código antiguo, en el que una risa es un evidente gesto de conquista. Cada vez que desde los cascarones emocionales atornillados como armaduras, los individuos se empeñan en rituales de seducción de pavo real, ignorando las señales de nosotras, con negación al hecho de que somos más que simples receptoras de un listado de virtudes, más que compradoras de un producto. Desde su perspectiva machocéntrica, el hombre despliega todo su arsenal de conquista y dispara a sangre fría. Fría, porque no entiende de razones. Dispara desde la distancia, y lo que podría ser una caricia para el alma, una charla agradable, termina siendo un ataque del que una tiene que defenderse.
Damas y caballeros, cierren los ojos, sientan el alma, la propia y la de enfrente. Dejen que ellas, las almas, se comuniquen. Porque las almas se entienden y saben del amor que fluye, sin cortejos.

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